dilluns, 19 de març de 2018

No hay escapatoria

Cuentan que había un tío al que no pudieron acusar de delito de odio. Decían de él que odiaba la patria con todas sus fuerzas, pero todas las trampas que le tendieron para recabar pruebas de su delito resultaron infructuosas. Le obligaron a ver un montón de partidos de la selección de fútbol; él se los miraba impasible y, si celebraba los goles, era porque le daba buen rollo brindar con los de su alrededor y cascarse un buen trago de cerveza. Le llevaron a presenciar al desfile de las fuerzas armadas; al igual que el fútbol, eso no le daba ni frío ni calor, y aún así aplaudió cuando vio pasar una cabra en medio de tanta soldadesca en cámara rápida y uniforme desgastado. Y hasta en Semana Santa fue forzado a participar en unas cuantas procesiones; su impasibilidad se podía interpretar perfectamente como un respeto profundo a todo el sarao encapuchado en el que le habían metido.

Aún así, todos los consejos del Estado, desde el de ministros hasta el de jueces, pasando por el clero, el ejército y una amalgama interminable de funcionarios ociosos (monarca incluído), no albergaban dudas: ese tipo tenía algo contra la sagrada patria. Finalmente, entre audiencias y tribunales surgió la solución, y era una solución perfecta, pues mantenía la larga tradición de los últimos ochenta años y cabía sin problemas dentro de la Constitución, aunque fuera necesario un buen calzador. No había más que reformar, una vez más, el manoseado código penal, e incluir un nuevo delito: el Melasudismo contra la patria. Con eso ya no había escapatoria.

Cuento escrito el 19 de marzo de 2018.

2 comentaris:

  1. Potser és que la pàtria que li volien fer estimar a la força, simplement no era la seva.

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  2. O no en tenia... O no li interessava... però que el deixen en pau! ;)

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